31.8.12

EXTRAÑOS




Estamos a las afueras de la ciudad, cerca de las vías muertas del tren, probablemente no muy lejos del lugar en que murió calcinado, de muñecas a tobillos, un pobre e irrelevante vagabundo llamado Anthony Cotard. Hay un amplio descampado y columnas de neumáticos de tractores apilados, formando una especie de fuerte, de bastión para menores de quince. A menos de treinta metros sobresale una montaña de basura que crece casi mensualmente, como al ritmo de las menstruaciones o de los ciclos lunares, que viene a ser lo mismo, dice uno de los dos protagonistas. Tanto el uno como el otro recogen papeles del suelo. Si observas a estos chicos durante un par de jornales advertirás que hay algo más a parte de esta búsqueda a ras del suelo [casi arqueológica] y que se eleva a cazar [lo que supone alzar la vista hacia lo alto] bandadas de apuntes maduros que sobrevuelan como bolsas de supermercado en un día pseudohuracando, de hecho, a veces se puede ver alguna que otra bolsa de supermercado entre la turba de láminas. Porque del cielo, entre las 4 y las 4:15 de la tarde [por marcar un momento], caen folios de papel como por arte de viento y de tinta. Lluvia de apuntes que, por cada año que suspendes y repites, van revalorizando su valor en el muy conocido mercado ilegal de los Apuntes Selectos. Es el oficio secreto de Axel «Axiolítico» y Ricardus Long-Island. Desde hace ya dos años. Llegan cada tarde, en soles tan gelatinosos como este [tan grises que hasta pesan] y simplemente esperan, equipados con bolsas de basura, a la tormenta de DIN-A4. Chispear no siempre cuadra a horas exactas: a veces [muy raras veces] las encuadernaciones de alumnas responsables de final de carrera ya han caído; también hay jornadas en las que tienen que esperar al vuelo de un remolino informacional con cientos de minutos de demora. Pero Axel «Axiolítico» y Ricardus Long-Island, como en una justificación personal que dice nosotros-desempeñamos-una-profesión-más-de-entre-cientos-de-profesiones, apremian por llegar puntualmente a las 4 de la tarde. Siempre. De 13 y 14 años respectivamente, gozan de un nivel de vida superior [gracias a los ingresos que obtienen a través del tráfico de apuntes] al del resto de la caravana de adolescentes ineptos con los que, ya sea en parques o aularios, conviven: me recuerdan al tipo de medusas paralizadas que se ven en los dibujos de psycho-pulp, dice A.A. en tanto husmea entre los escombros.
   -Premio gordo -confiesa sin apenas turbarse R.L-I., al tiempo que inspecciona, todavía agachado, los papeles que acaba de recoger y que supervisa con ese tipo de atención despreocupada con la que los abogados [todos: en especial los de oficio] repasan por encima el acta de sus casos.
   -¿Medicina?, ¿ingeniería de caminos?, ¿o tal vez historia del arte? Dime que son de historia del arte, por favor, dime que más concretamente pertenecen a las vanguardias históricas y que podré endosárselos al corro de universitarias salidas y desesperadas por no coger apuntes y seguir visitando las cervezas de la cantina
   -Son partituras musicales.
   -¿Y bien? -pregunta A.A. asomando las rastas de su cabeza- ¿Esto se supone que es el premio gordo?, ¿partituras musicales que parecen haberse escrito en la Edad Media?
   -Conozco a gente del Conservatorio Superior que con suerte soltará billetes por cada uno de estos pentagramas -dice con media sonrisa y un torpe aunque sincero guiño de ojo el bueno de Ricardus Long-Island.
   Se acaba de disparar, en un aviso de ventarrón cuya presencia va ganando consistencia, la señal que indica alta probabilidad de precipitación de páginas. Nuestros dos chicos se miran conjuntamente con un brillo ocular que recuerda al más puro destello que uno pueda encontrar en los ojos drogadictos de sectores marginales cuando contemplan el papel de aluminio.
   -Prepara los palos y las bolsas de basura. Yo voy montando la cama elástica.
   -No me gusta saltar en esa mierda oxidada -opina Axiolítico después de escupir con un aire que denota de todo menos insurreción o insolencia- A parte del hecho, que me la trae floja,  de parecer retrasados mentales que saltan y cazan papeles con bolsas de basura atadas a palos de escobas, deberías de haberte percatado en algún puto momento de estos últimos dos meses de que conseguimos muchos menos apuntes volando en el aire de los que cosechamos con los pies pisando tierra.
   -Eso es muy cierto mi muy querido pequeño oloroso. Pero así es más divertido.
   -Que te jodan. A ti y a tus partituras musicales.
   -Vendrás a mí -y esto lo dice Ricardus con una dulzura perversa que recuerda al tipo de madre que advierte de algo prohibido a su nene- cuando las coloque a cambio de billetes a tropel en cualquier salida de cualquier after a cualquier DJ que busque la fama mediante frecuencias solfeggio.
   -¿Frecuencias solfeggio?, ¿pero de qué cojones hablas?
   -¿Cómo que de qué cojones hablo? -pregunta R.I-L y después se señala la cabeza con la punta del dedo, como dando a enteder que la materia sobre la que versan sus palabras ronda lo espiritual, lo mental o lo metatífisco- La War Vibration chaval.
   -A veces dices cosas muy raras. Cosas extrañas del tipo de cosas que me hacen sentir como un extraño. Que me hacen sentir que somos extraños.
   -Todo el mundo conoce a William Bellocq, capullo, o al parecer todos menos tú, mi muy querido pequeño Axiolítico.
   -Que te jodan a ti y a tus frases de maestro oriental de deporte en el que no hace falta mover el culo. A ti y a tu War Vibration y a tus frecuencias solfeggio y a tu William Bellocq.
   -William Bellocq no existe, pringao... Nadie conoce a William Bellocq.
   -¿Quién es William Bellocq?
   Y entonces empiezan a llover papeles arrojados desde lo alto de este cielo gelatinoso [tan gris que hasta pesa] y nuestros dos protagonistas interrumpen la cháchara porque empieza una nueva jornada laboral en la oficina que hay al lado de las vías muertas del tren, cerca de la montaña de basura, dentro de los límites del descampado.







22.8.12

LONG ISLAND II





Que ella se haya quedado dormida no es condición suficiente para que el televisor que la vigila frene su ritmo, su cadencia: sus movimientos. La pared amarilla del salón nunca ha sido tan amarilla en plena oscuridad de salón de medianoche. Sobre ella se proyectan, lumínicamente hablando, parpadeos de color blanco y azul celeste. Parece que las imágenes se imprimen en ella o que ella es un espejo de carne. Sobre su cuerpo tumbado se dibuja una película de asesinatos que arrastran, al igual que en una verborrea ensayada o una suma teológica, multitud de asesinatos. Long Island como escenario para el desarrollo. Las imágenes hablan, y no es relevante que haya o no haya gente observándolas, por sí solas. Son aún más puras [ahora que ella duerme] porque no existe ningún marco teórico burbujeando en el aire vicioso del salón amarillo. Porque no hay mente posible operando sobre las mismas. Hablan por sí solas y ella duerme, atenta o no a las imágenes de la película de sus sueños y que de igual manera hablan por sí solas. No importa si ella las observa o no las observa. Si las observó [pasado] o no las observará [no-futuro]. No importa. Suenan risas en off procedentes de la teleserie a la que atienden y se destronchan [artificialmente] varios actores secundarios de la película. Y ella se estremece.




14.8.12

LECCIÓN DE INSOMNIO II




Cuando a la noche le falta electricidad, recurro a mi pasado como si de pornografía se tratase. Hago de este tipo de ejercicio todo un ceremonial que, aunque mis ojeras digan lo contrario, provoca la total desactivación de cada uno de los circuitos de mi cuerpo. De mi bomba. Me aferro al idealismo historicista, mi personal idealismo absoluto, si así quieres llamarlo: verme a mí, Desdén Espinosa, como el Sujeto, el mismísimo Sujeto en una sucesión de acontecimientos, aún víctimas del efecto de ligeras distorsiones, puramente temporales. Desdén Espinosa, que por ser el mismísimo Sujeto sublimó su quehacer hasta llegar a ser el Objeto. La bomba. Cuando a la noche le falta electricidad, recurro a mi pasado para dejar de ser la Máquina; para empezar a ser el Sujeto. El poco trabajo que mantiene verdaderamente ocupado a mi organismo eléctrico es despachado por mi nuevo becario. 3:53 a.m y  el pobre seguro que sigue dando vueltas por la zona este de la ciudad, buscando los puntos exactos, las calles, polígonos industriales o esquinas que colorearé en rojo y que indicarán que allí, en una acumulación de tiempos pretéritos, se desarrolló una cadena memorística, una serie de acontecimientos -física y psíquicamente- horrorosos que repercuten -como suave soplos de burbujas- en tu estado anímico. En tu estado de Sujeto anímico y no de Máquina. Y no de bomba. A veces me tiembla, y da igual que fije la vista o esté durmiendo, el párpado inferior. Cuanto menor es la unidad de explosivos de fabricación casera pegados con cinta aislante sobre mi abdomen, tanto más experimento esa ligera tiritera muscular. Soy una especie de cronómetro detenido pero vivo. Si pienso en la palabra apretar el nudillo me baila poco a poco pero el ojo se relaja. Mañana será otro día. Mañana todo cambiará, me digo a mí mismo. Y en el fondo sé que nada alterará la aburrida ley por la que todo deviene. Mantra del fracasado. Mañana será otro día. Mañana todo cambiará.




11.8.12

PISTA DE AUDIO Nº 52; GRABADORA SAMSUNG DE ROBERTO GUEROA


Todo lo que se sube, le pese a quien le pese, se baja. Digo esto en referencia a mi pasado. Practiqué ciclismo en equipos regionales con sede e instalaciones deportivas escondidas por pueblos de bosques que asustarían a más de un sureño. En Cantabria. Jornadas de pedaleo subiendo y subiendo por carreteras grises, parecidas al humo del bong cuando trepa por la probeta. Estudié la filosofía heraclitea y los piñones de las bicis. El estilo de técnica de Bruce Lee y el concepto platónico de hiperusía. Mi entrenador siempre decía que todo lo que se sube, tarde o temprano, se baja. Recuerdo ascender y descender por desfiladeros y curvas imposibles, como si de una gráfica maldita con el dedo fuese recorriendo, describiendo. Soy un economista de los frenos y las botellas de agua. Correr detrás de hombres que me aventajaban hizo de mi identidad un fardo de tensiones y satisfacciones, de desaliento y técnicas de superación. Estoy en mitad, como una hormiga extraviada, de una carretera que atraviesa el desierto. Ando. Ya no existe la bici. He visto varios buitres en busca de reposo y no me he alarmado. Aprendí a bajar todo aquello que subía. Mi entrenador me decía: si quieres bajar, no es difícil, apúntate a lecciones de descenso. Eso hice. Descender y descender. Abandoné el equipo de ciclismo y partí rumbo a ciudades universitarias. Sitios de esos en los que la gente fluctúa parecido a las trayectorias que se describen en una panorámica de ampliación subatómica. Idas y venidas. Gente que al año se va y otra que al año aparece. No sé si me entiendes. Dejé de competir subido a una bici para conocer toda una suerte de puntos en movimiento y relacionados, directa o indirectamente, entre sí. Soy un matemático de las relaciones intersubjetivas expresadas en espacios públicos y bajo un punto de vista pseudo sociológico. Estudié la amistad y el libro V de la metafísica aristotélica. Las relaciones entre personas. En las ciudades universitarias la amistad es una moneda de cambio. Es como pescar peces con vendas en los ojos. Conocí gente que reseñó su vida de modo filosófico. Que con catorce años ya habían bosquejado la estructura de su futuro proyecto académico. Otros decían: cuando estés delante de una persona que te conoció con 13 años y con una que te ha conocido ahora que tienes 24, se dará el momento decisivo. El punto hombar: lo que dirán de ti en tu epitafio. Algo crucial. Despedirse en las ciudades universitarias es como cuando dos personas se despiden y una de ellas abandona para que la otra acabe agitando la mano sin nadie enfrente que le corresponda. Como mirar de reojo al abismo. Es raro. Las relaciones sociales en las ciudades universitarias. Las estudié. Desvestí mis prejuicios en pos de toda una química de las emociones compartidas. Analicé la lógica pura de los comportamientos en grupo. Ahora camino descalzo en mitad de una carretera que, vista desde una perspectiva aérea, debe separar dos planicies colosales de tierra. Me fui después de haber estado dando vueltas pendulares por ese tipo de zonas en las que se construyeron demasiados edificios y en los que ahora nadie, debido a la crisis económica, vive en ellos. Después de tantas y tantas horas de estudio académico, social y metafísico. Después de tantos y tantos descensos a las experiencias más burocráticamente aterradoras que uno pueda tener en el Departamento de Estudios Sociológicos. Después de una suma a priori incuantificable de rostros a los que sé que probablemente jamás volveré a presenciar físicamente. Después de Espinosa. De todas esas escenas en las que hablaba, como si fuese una especie de devoto anfetamínico apunto de explotar, de la Ciencia Orientativa de la Psicogeografía. Después de absurdas y esenciales charlas -no como aquel desquiciante monólogo suyo que tuve que soportar, cada vez con menos oxígeno debido a la rápidez con la que la excitación hacía mover su lengua, enccerrados en el ascensor- con Javier Rubio. Después de ella. Después de que se llevara los muebles de mi piso. Después del cuarto amarillo y su único enchufe y su única conexión al mundo por la que, al igual que el placton en infinitas sucesiones de placton, me dejaba arrastrar. Es, como si después de la chica M, en una rara distorsión de mi percepción temporal, el mundo ya no avanzara al mismo tiempo. Y yo avanzo, ando; nunca subo ni desciendo. No. Ya no. Ya no hay más competiciones ni más descensos a los sótanos de las relaciones emocionales y los trabajos académicos poco remunerados. Acabo de cortarme por cuarta vez al pisar una cresta de piedra. Piedras y buitres son mis nuevos amigos. Ellos y el cable al que estoy agarrado. Hace hora y media que me inicié en el mundo de los cortes por exilio y, al sentarme para comprobar que mi pie es común, mortal y de carne y hueso, para mi sorpresa, medio enterrado, encontré este cable al que me he agarrado y que no pienso soltar. Ni siquiera para mear, cagar, dormir, comer latas de melocotón en almíbar o mirar de frente a los buitres. Ando a su lado. Agradeciéndole cada aproximadamente dos kilómetros su amistad y compañía de cable. Se acaba la capacidad de memoria de la última pista disponible en mi grabadora de sonidos Samsung. Me gustaría que supieras, si es que alguna vez logro encontrar algún enchufe -el cable me da fuerzas y fe- para conectarme y enviarte todas estas grabaciones, antes de que todo acabe, antes de que esto deje de grabar y únicamente queden piedras y buitres y el cable para oírme, que  




9.8.12

Estas fotografías fueron tomadas la velada del 16 de mayo del 2012









Estas fotografías fueron tomadas la velada del 16 de mayo del 2012. Pertenecen a la actuación que llevó a cabo un polaco llamado Igor Boxx y fueron chequeadas por un hombre que tenía justo a mi lado y cuya identidad ha sido relegada a la de un nombre y apellido falsos: Roberto Gueroa. Han pasado meses desde aquella noche; exactamente 85 días. No los he ido contando por unidades ni a medida que se desarrollaban, de eso puedo estar seguro. Mientras, y te juro que esto es real, escribía esta última línea, un pañuelo de seda que mi buen amigo Ricardus Long-Island tuvo el honor de adquirir como compromiso turístico con el país de Marruecos y que nunca tuvo la decencia de conjuntarse mas que para quitarse capas de frío en una de las muchas noches gélidas que dormimos entre estaciones de autobuses pleistocenos, ha empezado a arder por encima de mi cuerpo. Enroscado, por qué no decirlo, en plan serpiente sobre tres focos de luz intensa: así lo hube colocado, así de inteligente me acabo de promocionar. La serpiente azul ha humeado hasta el punto de que síntomas de la talla de picor de ojos y de nariz o dolor de pulmones al respirar se hayan convertido en la puntuación para una nota final de un examen cuyas observaciones son: auténtico inútil. Mi retraso mental ha conlcuido en todo un espectáculo de fuego en progresión a medida que el viento ha ido avivando la llama, porque resulta estúpidamente obvio que me he aventurado -la justificación no era otra que la de hacer desaparecer humo del cuarto- en colocar la piel de la serpiente humeante sobre las rejas de la ventana. El viento ha hecho el resto. Mientras escribía que no hube contado los 85 días transcurridos entre la fecha de hoy y la actuación de Igor Boxx he sentido calor y luz naranja y he visto arder una bola de fuego que no he dudado en arrojar -la mitad, ya que la otra parte ha dicho adiós entre pisotones y chorros de agua que han hecho de la misma fango negro- por la ventana. Minutos después, es decir, ahora mismo, un chico de Bogotá al que gusto de llamar Axiolítico, ha metido un pen drive que se encontró no sé donde y cuyo contenido médico roza lo artístico si uno se fija en los primeros planos de enfermedades impronunciables, o algo así dice. Me pide que borre el contenido del mismo y yo le digo que quiero esas fotografías. Me dice, y por eso sé que está colocado, que acaba de recordar haberlo borrado esta mañana. Dice que rebusque, que recicle, que está en mi Papelera de Reciclaje. Pienso en ella y en la memoria y en reciclarla. Pienso en ese fin de semana y no sé porqué pero me quedo mirando un minuto que no sé cuanto dura el póster de Sandman. Me digo a mí mismo que los recuerdos que se relacionan con las personas son escenas cargadas de insustancialidad mistérica, del tipo de escenas de películas abiertas en significado.

El caso es que este texto en sí no tiene identidad propia. No sé si esto guarda relación alguna o enlaza con la temática recuerdo-escena-frívola-pero-onírica de la que hablaba. El caso, y vuelvo a repetirlo, es que este texto en sí no tiene identidad propia, ya sabes, unos personajes a los que recurrir, un escenario sobre el que desarrollarlos, una trama a profesar. Lo he comenzado, con esta, puede que más de nueve veces y, como en una especie de acuerdo tácito conmigo mismo, siempre acabo desarrollando su estructura ósea en una ilógica unión de pensamientos a tiempo real y los recuerdos -que cada vez son más difusos o literarios u olvidados o reemplazados- de aquella  noche de mediados de mayo. Nunca lo termino. He comenzado más de nueve veces con Estas fotografías fueron tomadas la velada del 16 de mayo del 2012. Es como si se hubiese establecido un punto de atracción entre los recuerdos de una noche -mejor dicho, de un fin de semana: aquel fin de semana- y el momento presente en que los rememoro y combino con pensamientos fugaces, instantáneos. Un punto imantado que nunca termina porque Hoy nunca se acaba. Constante reactualización. Como mi Papelera de Reciclaje. Son dos polos para este andamiaje: uno estático y otro dinámico. El primero es una bola grande, una pelota resinosa congelada por escenas mentales primaverales. El segundo es un fluir entre frases momentáneas. Así funciona este texto indefinido: gravitando entre dos puntos fílmicos y galvanizantes. Recuerdo que aquella noche bailé como un auténtico deficiente en aras de un trance trib-urbano. Que pedí a Roberto Gueroa que fotografiase con su móvil videoproyecciones repetidas en bucles, le dije: ¡tienes que candar esas imágenes!, ¡embotella aquella pantalla!

Ahora miro la que tengo delante, la de mi portátil. Acabo de establecer una vista previa de la primera fotografía que consiguió R.G: la de la mujer. Me recuerda, de un modo parecido a cómo lo hacen ciertas canciones o nombres artísticos, a ella. Sé que sabe que no la hecho de menos. No lo hago. Sólo pienso, a veces, como por arte de carambola, en ella. Abro la carpeta que guardo con todas las memorias que escribí para su carrera. Ella hablando a través de mí. O yo hablando a través de ella. Ya no lo sé. Pero sigue siendo raro. Crónica de un crimen. Del olvido a la memoria. Leo todos esos escritos académicos en los que suplanté su identidad, en los que aparecían constantemente palabras genéricas acabadas en a y no en o. «De vuelta y sumergida una vez más hacia el rescate de los objetos que quieren ser retirados. Puede que esa sea mi naturaleza: la predisposición de una anciana desequilibrada por el síndrome de Diógenes». ¿Es ella o soy yo?, ¿qué es esto sino un constante reciclaje de la ilusión de mí mismo? «Quién era ella. Siempre guardaré la historia que he conseguido crear. Serán los recuerdos ficticios de mi vida. Yo habré sido parte de Soledad». Todas estas frases pertenecen a sus memorias. Son ella. Son yo. Ella hablando a través de mí. O yo hablando a través de ella. Ya no lo sé. La noche, no del 16 sino del 17 de mayo, nunca la olvidaré. Puede sea debido a que tengo pruebas -pictóricas- virtuales. Las fotos que sacó Roberto Gueroa. Perdí el norte cuando perdí mi sentido de la identidad. Por eso siempre necesito pruebas, pruebas de que aún existo. Por eso sigo tomando fotos. Para probarme después que fui «yo» realmente quien vió algo. Y aquella noche del 17 pude ver literalmente, como gajos secos que desfallecen, desprenderse una parte de mí. Dos años aproximadamente sin a penas recuerdos sólidos -únicamente los artísticos, los que vieron Transcendencia y algo mejor que lo que fue nuestra relación-, una buena parcela de mi pasado que ahora guarda ella, porque, como casi siempre, activé al automatismo de la Negación y del posterior Olvido. Intento formatear -es una forma de negar- el pasado para no tener que sentirlo como flashbacks que me hagan palidecer y enfermar. No conozco la materia de los sueños porque nunca recuerdo las imágenes que sueño. No sé si esto guarda relación. El caso es que miro el póster de Sandman, soberano del Reino del Sueño, y me digo a mí mismo que los archivos de las Papeleras de Reciclaje que se relacionan con las personas son escenas cargadas de insustancialidad mistérica, del tipo de escenas de películas abiertas en significado. La foto de la mujer me recuerda a ella y ella me recuerda a la noche del 17, que a su vez me recuerda que una parte de mí se autoignoró para quedar presa del tupperware hermético de los archivos que ella haya logrado preservar. Recuerdos por archivos. Archivos por recuerdos. Recuerdo que hasta que no amaneció estuve buscándome a mí mismo por todos los parques de la ciudad. La noche del 17 fue la que me moví exactamente como lo haría mi perro. Como buscando algo que no importa porque se carece de una medida valorativa de lo que supone la importancia. Buscando como buscaría -nada más que por buscar, por no volver a casa- un perro. Miro a Musgo. Está, lo sé por los ligeros temblores de sus ojos, soñando. Miro un papel en el que pone poetical suicide y en el que sale el dibujo de un hombre con las dos manos atadas y la cabeza puesta sobre las vías de un tren de juguete. Una plantilla rota en la que el palito final de la e ha desaparecido y que por eso ahora pone: John Titor existo. Tengo delante mía un papel con fotografías de máscaras continentales. Veo imágenes de enfermedades que no decepcionarían a ningún Pollock con vida. En la calle suena un piano carísimo en lo que se supone que es una boda refinada, a las puertas del mismísimo palacete modernista de la Casa Lis. Axiolítico acaba de gritar cosas, desde este lado de la casa, totalmente indescriptibles. Ha insistido. Para mi sorpresa, al ir al salón, he visto que tenía una cámara fotográfica apuntando a la pantalla de su portátil. Graba vídeos de gente bailando con devilsticks. Quiere aprender nuevos trucos para el show -bailes tribales con devilsticks de fuego- que empieza en una semana; tour que trazará una línea por todas las terrazas de los bares de la costa mediterránea y en el que ha proyectado una optimista suma cuantitavia de beneficio en metálico. Le he pedido que me deje hacerle una foto al vídeo que graba, para ponerla al final de este texto, a ver si consigo cerrarlo de una maldita vez.




8.8.12

D.E.P



Este es el cuerpo sin vida de una tablet COBY 7010 ANDROID 2.3

De nacionalidad física china y nacionalidad informacional desconocida.

Se despidió del mundo con varias sacudidas de luz y el sonido de una alarma activado horas después del fallecimiento.

No hay familia, amigos ni allegados que recen por su alma.

No hay esquela.

Tampoco epitafio.

Ni siquiera unas últimas palabras en boca del hombre que ofició su funeral.


28.7.12

HDD





                  
1
Después de unos cuantos ruidos intestinales y algo de dramatismo a la hora de apagar definitivamente la luz verde, el disco duro de Lucio Costado ha dicho adiós con un cálido borbotón de sangre. Un fino reguero asomándose desde la entrada USB. El aparato ha salivado rojo y espeso, como el tomate de la sartén cuando hace burbujas. Elegir un ataúd adecuado se ha traducido en vaciar, calibrar las medidas y volver a rellenar las dieciséis cajas de madera que usa a modo secadero. La caoba, de color rojizo oscuro y con un grabado a mano que dice Real Flavour, ha optado al premio de servir para siempre como tecnoféretro. Tras varias rondas de casting lo ha conseguido. Antes de introducir el cuerpo de la máquina en el interior de su seco y oscuro destino, Lucio Costado ha debido pasarle el trapo y arrancar los restos pegados de sangre con las uñas. Nadie merece toda una eternidad de manchas globulares: así podría resumirse la sentencia ética de L.C. Ahora prepara todo lo indispensable para un ritual que, de hacerlo sin compañía y en mitad de la noche, podría ser asimilado como aquella práctica que designa un nuevo ciclo vital en el desarrollo de cualquier hombre. Como tener que trepar un gigantesco árbol y pasar dos noches en la rama más alta. Como tener que resolver un koan generacional o cazar y cargar a la espalda un buen trofeo sin ayuda alguna. Así es como lo ve el joven que guarda una linterna y un ataúd en su mochila. El único entierro del cual hubo participado fue el de una rata –mascota- grisácea, propiedad de Mofeta, una antigua y tóxica compañera de piso. Fue en el río. Recuerda cinco asistentes contándole a él, reunidos circularmente en torno a un mamífero y una microzanja. Hay un fotograma perteneciente a tal escena que asalta a su memoria: manos que arrojan, a ritmos intercalados, montones de tierra húmeda sobre un pequeño agujero. Algo raro y simbólico, firmado bajo el respeto poético que se reserva a quien todavía ama los restos sin vida de una bola peluda. Piensa en su antigua compañera de piso a la par que M, la nueva inquilina del zulo en el que vive, le advierte de la existencia de un pervertido que pasa sus horas muertas fotografiando desde su webcam todo lo que se va encontrando. Desde foros insulsos a escenas extra muy cotizadas en el mundo del anime. Dice -y subraya- que aquel tipo capturó su cara ojerosa de no-sueño, de no-vida. Estaba degustando esa nueva y potente mierda, ya sabes, la que cocinan en el aula 5 la Facultad de Audiovisuales, joder, producen el mejor glitch de toda la ciudad, con todos esos aparatos de hardware… ¡Así hasta yo podría cocinarlo! La cosa es que estaba entrando en esa sensación de mariposas y ruidos internos cuando de repente apareció, ¡apareció Lucio! ¡La leyenda del fotógrafo-fantasma que circula por la red es cierta! El futuro enterrador que tiene delante asiente con expresión de no querer asistir a una extensión de los dominios de sus palabras. Cierra la puerta del cuarto de M, apaga el flexo, enciende un cigarro y desciende por las escaleras del portal dormido.


2
Has sido seleccionado para acudir a una de las mayores y más épicas fiestas de cumpleaños de toda la ciudad. Esta tarjeta te permitirá optar a una barca de cuatro plazas o a un patinete acuático de dos. Si la presentas antes del día 7 recibirás un kit de supervivencia que consta de: una cacerola, dos pistolas de agua, una brújula, tres paquetes de chocolatinas Kit-Kat y un conjunto de toallas medianas. Puedes traer cañones de pelotas, botes salvavidas o redes de pesca, lo que sea con tal de tirar de la nave a tus adversarios y convertirlos en sujetos-rehenes. La ceremonia tendrá lugar el día 14 en la orilla oeste del río. 18:00 horas. Previa confirmación de asistencia. 9-53456-293200


3
Cosas que ya no existen

Cavé la tumba para el cadáver exangüe de mi disco duro.
Pasada la medianoche, un martes que nunca -¿debió?- existió -¿existir?-.
Me llené las uñas de tierra orgánica y plástico.
De elementos en proceso de descomposición.

Y cosas que ya no existen desde entonces me saludan.
Frases, Escenas y Compases.
Spinoza, porno y Trent Rednord.
Pessoa, una final de fútbol del 82 y Venetian Snares.
Fragmentos del Todo que almacené en menos de tres terabytes.

Y cosas enterradas desde entonces que me piensan,
que me sienten.
O tal vez yo, en contra de mi voluntad y de mi querer, las piense a ellas,
las sienta y,
como en un sueño tibio, inconsciente, las solicite.
Impuestas, asignadas a mí, negando la condición de mi libre arbitrio.

Es como si mi disco duro fuese un bloque del conjunto de edificios de mi memoria.
Como si de una prótesis neuronal yo fuese experimento.

Es como si alguien lo hubiese desenterrado y,
una vez reparado, una vez reconducido,
una vez que hubiese abierto cualquier carpeta,
una vez que hubiese pulsado cualquier icono,
cualquier archivo,
configurara una posibilidad entre mil millones
de tornar real y verdadera
la conexión a priori imperceptible entre cosas que ya –tanto física como virtualmente-     
no existen
y mi memoria aturdida.
Lucio Costado, Cuaderno amateur de poesía pospubescente.



4
Ha pasado, o parece haber pasado, una semana ya desde que el estudiante de Bellas Artes, de nombre Lucio Costado, enterrara el cadáver de su disco duro. Han sido seis, siete u ocho días en los que la cafetera no ha parado de temblar, en los que las horas de sueño se han administrado con la misma astucia con la que opera en tiempos de crisis un economista gordo y judío. Han sido seis, siete, tal vez ocho noches en las que la información recogida no contaba para nada, en las que todo lo que iba procesando –ya fuesen ensayos, problemas lógicos o altas dosis de telebasura- Lucio Costado iba a parar a Ninguna Parte. No es que L.C. muestre deficiencias para asimilar conceptos ni que la información que filtre –o intente filtrar- derive en una evaporación inmediata. No. Más bien puede decirse que las carreteras sobre las que la información conduce han virado el rumbo. El lugar de destino, Lucio Costado, debe seguir entendiéndose como Lucio Costado, invariable, el mismo. Pero el origen, el sitio de partida, ha dejado de ser el foco de atención al cual el sujeto atiende –ya sean libros, pantallas o altavoces- para pasar a ser un punto indefinido y probablemente lejano, quizás a miles de kilómetros de él, a lo mejor en un apartamento sin amueblar de la zona este en el que trafican con piezas de computadoras; puede que sea desde uno de los cientos de cibercafés arruinados cuyo inevitable cierre invitó a patrullas de mercenarios digitales a instalarse en ellos bajo calidad de ocupas; incluso desde cualquier laboratorio musical de glitch instalado en una caravana aparcada en mitad de un secarral en Ninguna Parte. Estas y muchas otras hipótesis han hecho de Lucio Costado un ser consternado por una más que cuestionable salud mental y experimentador de una definitiva sensación de autoimposición informativa. Hasta ha desarrollado una extraña y melancólica dependencia hacia el dispositivo que perdió hace una semana: quiere saber si realmente todos esos fragmentos que -mañana y noche, mediodía y atardecer- siguen estrellándose, arremetiendo contra la superficie de su consciencia, forman parte o no de la máquina. Quiere saber si todos esos granitos de arena de archivos que almacenaba en su disco duro forman parte de su identidad. Ha llegado a pensar que él, en sí, es uno de los millones de pedacitos de archivos que conforman la identidad de aquel aparato. Porque enjuagarse la boca significa oír un piano y las manos percusionistas de Chip Corea. Porque cada vez que su paladar saborea un trozo de carne poco hecha resuenan palabras olvidadas de una novela -¿era Cronicas Marcianas?- de Ray Bradbury. Tender la ropa se traduce como previa visualización de un diagrama de Venn cuyo razonamiento es correcto. Cambiar de canal es mezclar las imágenes y sonidos del televisor con imágenes y sonidos de un videoclip de Chris Cunninghan. Poemas de Novalis. Grafitis del Niño de las Pinturas. Sinfonías de Schubert. Cajas acuáticas y reverberación sintética de un sitar. Matemáticas transfinitas. Oleos de Rothko. Apuntes de teoría de la sociedad. Frases de Ian Sinclair. Carátulas de videojuegos. El tanga de Flex Mentallo. Un documental de found footage  en donde se exhiben fotogramas expuestos a condiciones climatológicas deteriorables. Cosas que, pese al fallido intento de restarles importancia, van ganándose poco a poco una razón de ser dentro de la identidad de Lucio Costado.  



5
El río es un no-lugar. Semejante al estilo de carreteras secundarias o habitaciones desinfectadas de hoteles de tres estrellas. Comparte estructura con espacios de la talla de centros comerciales o tiendas minimalistas de telefonía y comunicación. Los dominios de todos estos sitios tienen en común la total privación, anulación y despersonalización de la identidad humana. La gente pasea por el río exactamente igual que cruza un paso de cebras. La transitoriedad es la misma. Al atardecer, si te fijas, puedes ver cuerpos que caminan indiferentes y sin dirección alguna, desconectando, a cada paso que dan, las interfaces de pensamientos cotidianos y ruidosos hasta el extremo de configurar un extenso mapa blanco, lúcido y borrosamente blanco, en sus cabezas vacías. Nadie presta cuidado ante la belleza del rocío. Nunca verás a nadie fingir con la vista en un punto fijo del fluir del cauce. No hay miradas de deleite estético para con el cielo infinito. Todo el mundo tiene la cabeza entonada hacia abajo, como siguiendo un sendero de migas doradas. No pensar; no decir; no actuar. Metodología-borrador del no-lugar. La dificultad de articular toda una suerte de emociones, reflexiones o juicios va, como el estómago de una serpiente después de un gran festín, aumentando progresivamente conforme más y más te internas en el corazón de la maleza. Vacío. Tu identidad hueca. Algo de esto intuye pero no puede expresar Lucio Costado, ni por asomo, ni aun coordinando la placa base de la concentración ccon la forma y estructura del obrar especulativo. El cuerpo de insectos voladores y la cabeza de espigas rozan sus rodillas y gemelos. Si siguiésemos con un puntero láser el recorrido trazado por nuestro protagonista, advertiríamos el dibujo caótico y desmedido de un cuerpo-móvil que, en poco menos de hora y media, ya ha transitado –tres veces- por el punto estratégico en el cual -ahora mismo- se sitúa. Es el árbol que usó como respaldo para fumar tabaco silenciosamente. Podría quedarse allí y dormir, en definitiva paz e indiferencia, para siempre. Sin frases; sin escenas; sin compases. Pero hay cierto asunto a tratar y que no admite demora: desenterrar el cuerpo sin vida de su disco duro, entendido, después de casi dos semanas de angustiosa e ineludible recepción informativa, como uno de los bloques de edificios del conjunto de su memoria aturdida, amputada. Rescatar todos esos segmentos culturales, académicos y artísticos que ya no posee y que sin embargo acuden a él regularmente como parejas de adventistas una vez que –por compromiso espiritual- les has abierto la puerta de tu casa: ese es el propósito. No pensar; no decir; no actuar. Metodología-borrador del no-lugar en que se encuentra.
    


6
Como los pocos y desocupados días del Año de Erasmus empezaban a expirar y como dos semanas atrás había recibido una misteriosa carta de invitación a un supuesto cumpleaños hiperbólico, Steam van Humboldt decidió plantarse, sin ningún tipo de compañía, a las 18:00 horas en la orilla este del río. El aburrimiento solía ser desesperante en aquellos días de exámenes en los que no había rastros de estudiantes por las calles de aquella ciudad universitaria. Su plan de estar presente a las 18:00 se vio trastocado con cuarenta y cinco minutos de retraso debido a una parada por el skate-park para coger algo de glitch. Y como había llegado tarde y no conocía a nadie y el glitch dificultaba su habla y no tenía cacerolas, gafas de buzo ni de laboratorio, pistolas de aguas rellenas de salfumán, aletas o redes de pesca, fue asignado a un patinete acuático de dos plazas junto a un chico marroquí cuya habilidad para nadar en el agua era directamente proporcional al número -podrían contarse con una mano- de chapuzones veraniegos en vida. Steam van Humboldt, gracias a su pésimo nivel de español, pudo sobrentender que el responsable de aquella congregación de setenta y cuatro personas era un hombre con gorra de capitán que te decía en qué nave –barca o patinete- debías situarte, que aproximadamente cumpliría treinta años de edad, sin pelo en la superficie de la cabeza pero con pelo largo, rubio y greñoso en la parte trasera. El hombre con gorra de capitán explicó a Humboldt que el juego consistía en una batalla naval –su sueño era pura, absurda y romana naumaquia: recrear una especie de Lepanto ridículo- y que ganaba la última embarcación que quedase en pie con al menos uno de los tripulantes. Como el barco-patinete de Humboldt y el chico marroquí no estaba apenas equipado con armas –el hombre con gorra de capitán al ver que no habían traído absolutamente nada les proporcionó una red de pesca y una cacerola que al poco de adentrarse en agua se les cayó para sumergirse y desaparecer- y como ni Humboldt ni el chico marroquí tenían conocimientos de navegación o lucha en agua y como el glitch y un pésimo español impedía la comunicación entre ambos, la situación en menos de cinco minutos fue propensa a más de un abordaje: una barca de cuatro tripulantes que de un remazo en la sien tiraron al chico marroquí y lo capturaron se impuso a una carabela-patinete que a su vez les lanzaba globos de agua rellenos de aceite, chocolatinas Kit-Kat derretidas y excrementos de gato. Steam van Humboldt, tras haber estado practicando ciclismo en un equipo finés de ligas minoritarias durante seis años de su vida y haber llegado a cosechar duros gemelos y unas enormes piernas depiladas, pudo escapar de la encrucijada de piratas y pedalear y pedalear y pedalear hasta perderse por aguas semejantes a las de los bayous que se ven por Luisiana. Perderse y perderse y perderse hasta que sólo le quedó una última dosis de glitch que quiso compartir con Lucio Costado cuando, habiendo estado desorientado a la deriva sobre aguas que a momentos aceleraban su ritmo sanguíneo, pudo atisbarle situado en un pequeño promontorio dando vueltas en círculo y mirando hacia el suelo. Y como Lucio Costado estaba política y perversamente conmocionado por haber encontrado la tumba de su disco duro profanada y vacía, no dudó en acercarse al hombre que le lanzaba señales con los brazos y subirse al patinete y mirar hacia todos los lados mientras Steam van Humboldt intentaba sin éxito aparente narrarle toda esta historia. Y como la comunicación volvía a ser nula y cada uno buscaba cosas distintas –uno encontrar su disco duro y otro no se sabe muy bien qué-, tras haber caído los últimos rayos de sol y haber medio pactado entre ambos que se bajarían del patinete, en un tonto descuido en que uno intentaba articular oraciones gramaticales correctas y el otro seguía mirando la superficie del suelo, al pisar tierra y bajar de la nave, fueron asaltados por seis de los ochos miembros de una tribu de indios-punks salidos de entre los juncos. Y como Steam van Humboldt se puso nervioso cuando le robaron la última dosis de glitch que había decidido reservar al llegar a tierra segundos después de que L.C. respondiera –con manos y cara- negativamente a su oferta de consumo ilegal de droga, los indios-punks decidieron tirarlo al río y dejar que se ahogara, que flotase.


7
La leyenda de los indios-punks ha estado marcada desde el comienzo por los elementos naturales, dice la voz seca, seria y como travestida del hombre con gorra de capitán. La hoguera ilumina su cara al tiempo que descubre con cierto aire de vejez varios puntos sombreados de la misma. Hay aproximadamente treinta chavales alrededor del fuego que atienden con expresión saudadosa. Muchos de ellos tienen las piernas magulladas y el abdomen demolido. Parece una de esas escenas de boyscouts en las que se quema malvavisco y se cuentan historias imposibles, imperecederas. Fuego, Aire, Tierra y…Agua, repite así dos veces y, entre palabra y palabra, parecido a un cuentacuentos de Arabia o un presentador de programa que trata de asuntos paranormales, va lentificando la velocidad de las mismas hasta que derivan en una pausa ni demasiado larga ni demasiado corta que hace que los más pequeños asientan la cabeza con intensidad, puede que con miedo. Habla: la leyenda cuenta la historia del Fuego, de cómo fue invocado mediante el ritual de no apagar correctamente una colilla de tabaco belga, de cómo destruyó el hogar ocupado por la tribu de indios-punks, soles atrás, cuando todavía vivían en la ciudad. Dicen que las llamas consumieron todo lo que tocaron, que se posaron sobre la piel de mujeres y niños. Creedme, escuché de primera mano el testimonio de una anciana que confesó asomarse por la ventana y ver correr por la carretera a un indio-punk envuelto en llamas. Si os describiesen el olor que quedó adherido a los quioscos y farolas después del incendio no volveríais a masticar varitas rebozadas de merluza en bastantes días. El chico marroquí oye ruidos aunque, pétreo, no indaga ni atiende a susurros de hojas crujientes a su alrededor ni a ecos de chapoteos en el agua que duran menos de dos segundos: resulta inaccesible dejar de mirar al hombre con gorra de capitán. Habla: si el Fuego les arrebató su propiedad, el Aire todopoderoso condujo al pueblo-indio-punk-elegido a la Tierra Prometida. Les orientó, mis pequeños corsarios, hasta este lugar…sí  Fred, sí, aquí: el río. Cuenta la leyenda y ahora lo cuento yo, que, la misma noche en que se incendió el hogar ocupado por los indios-punks, los habitantes de esta ciudad fueron testigos de la presencia de un aire plomizo que se levantó con rencor y que estuvo aullando durante semanas. De Fuego a Aire. Leí en una ciudad-blog que el Aire les concedió lo que el Fuego quiso arrebatarles. Que siguieron su dirección como si fuese un Moisés-no-humano en el desierto de las afueras de la ciudad, hasta llegar a internarse dentro de un núcleo compuesto por maleza y aguas pantanosas, exactamente en la orilla oeste, exactamente D. Extreme, justo en la otra punta respecto a nuestra posición…somos, podría decir ahora mismo y no quiero asustaros, como la cara B de semejante tribu. Sus extraños. Sus forasteros. Sus otros. D. Extreme, un joven que devora rebanadas de nocilla cuando llega más tarde de las once y que ahora está cagado de miedo por lo que el hombre con gorra de capitán acaba de decir, cree -o piensa haber creído- escuchar ruidos en el agua. El hombre con gorra de capitán no  da muestras de nerviosismo, pero tiene fe de que lo que cuenta no es una historia inventada. Habla: dicen, y esto supongo que pertenece al género de fábulas urbanas, que la Tierra pudo alimentarles durante algunos días. Que se desconoce cómo. Unos pocos inventan chistes en donde siempre aparecen indios-punks en condiciones precarias comiendo y chupando tierra. De Aire a Tierra. Y de Tierra a Agua,  diosa que se encargó de cerrar el círculo de esta mitología: los encerró, los arrinconó, los aisló, los candó, los aprisionó, los recluyó, los puso en cuarentena. Cuatro, ni más ni menos que cuatro días después de que llegaran, diluvió de un modo tan salvaje como para hacer que subiese el nivel del agua hasta puntos inimaginables. Y ahora, como una especie de micronación sometida por fuerzas naturales, viven enclaustrados en aproximadamente treinta metros cuadrados, dentro de un tipi que fabricaron con troncos y pieles de perros famélicos. Silencio. Quiero silencio. ¿Oís?... Dicen que si oyes chapoteos…burbujas o golpes secos en el agua, tienes que ser consciente del aviso: Agua. La Reina de este sitio. La que cerró el Ciclo y quedó dueña. Última. Reina Agua.


8
Lo que acaban de presenciar el grupo de corsarios-boyscouts y el hombre con gorra de capitán es cierto. Pero no a la manera mítica que con anterioridad se narró. Esto es real. Llámalo realidad. Realismo si quieres ponerte académico. Pseudorealismo tal vez, en calidad de detractor. Titúlalo: Sci-Fi light. Circunstancias que inspiraron a los narradores de nuestras vidas. Pero eso es otra historia. Lo que aquí nos interesa es saber qué demonios ha sonado en el agua. Puede que sea un epiléptico pez acomplejado o puede que no sea nada. No me andaré con rodeos: se trata, y esto va muy en serio, de Hannibal, un indio-punk que es capaz de ahogar su cabeza rapada en el agua o cualquier líquido, vociferar bajo ella/ello y que suene casi más alto que tu propio grito si te lanzas al vacío. Pero no está con la cabeza sumergida ni debajo del agua, tranquilo. Rema en una K-1 desde millas lejanas: su hogar ocupado queda pasada la frontera. No es un héroe ni nada por el estilo. No pienses que va a rescatar a la tribu de indios-punks que aparentan ser felices en su laboratorio de tipi pero que en el fondo conspiran por salir de allí. No. Ellos están muy felices y conspirados como para que eso suceda. Lo que sí que sucede es que estamos a punto de ser testigos de un ejercicio básico –y por tanto rudimentario- de trueque. Hannibal rema millas y millas y millas una vez por semana en una mono-canoa provista de comida, sustancias de entretenimiento y ocasionalmente cualquier aparato o instrumento que le sea solicitado vía móvil. Porque Hannibal busca –inevitablemente- glitch, como todos. Un glitch artesanal de la más pura tierra y de uno de los mejores programas software de Edición Musical para Cultivo de Exterior. El trueque es sencillo. Hannibal rema y rema y rema hasta llegar a la orilla este del río y lanzarles el fardo a una distancia prudente para no ser atacado por cualquier indio-punk feliz y conspirado que quiera salir de allí a toda costa. Después grita y retumban los árboles, como aviso, como cuando timbra el cartero. Y en menos de dos minutos siempre aparecen dos miembros de la comunidad preliberada y posencadenada del río. A cambio ellos le pasan por móvil una canción semanal cocinada a base de ondas solfeggio en frecuencias diseñadas para hacer que Hannibal experimente simulaciones sensoriales cercanas a los estímulos terroríficos de una situación predeterminada por parámetros tan desgarradores como para llegar a recrear lo que sentiría un soldado en una hipotética tercera guerra mundial. Ese es el trueque: comida y enseres por droga. Hannibal nunca suele remar de noche pero esta semana ha derivado en, podría suavizarse, un picor emocional áspero, lento, rabioso y malhumorado. Esto, sumado al viaje agotador –al principio eufórico por ir de compras pero a medida que remaba algo más insoportable-, hace que ahora mismo lance el fardo con las manos vibrantes y con ríos de sudores en su cara del tamaño de los que produce, cuando llora, un obeso. Grita como un dinosaurio en celo y espera a que acudan. Esta vez son Filtro y Birra, las últimas dos incorporaciones, los novatos; pero de eso hace ya casi año y medio. Hannibal los conoce bien: tocaron juntos en un grupo de dog-core cuando bebían del vaso -medio lleno- de sus dieciséis años. Ellos fueron quiénes lo pusieron al tanto de lo que allí se cocinaba. Hannibal los conoce bien: sabe que buscan lo que buscan, esto es, la libertad de quién está encerrado. Eso y el glitch, por supuesto. Pero eso es otra historia. Hannibal sabe que en cuarenta segundos aproximadamente comprobarán que está todo para seguidamente lanzarle un pequeño chivato con cogollos de glitch. También sabe que diez minutos más tarde comenzará la transferencia de archivo musical vía móvil [1]. Pero lo que no sabe nuestro hombre es que esta noche Filtro, Birra, Winston, Roca, Billy Corsario, Guerra, el Golem y Doc. Dude tienen un nuevo invitado, estudiante de Bellas Artes y de nombre Lucio Costado.

[1] Todas las canciones empiezan siempre por la palabra Hannibal. Esta vez la pista se titula Hannibal siente una molesta pero reconfortante piedrecita dentro de su zapato.

9
Todo aquel que esté metido en la producción drogo-musical de glitch conoce los puntos de venta ilegales de esta ciudad en los que se comercia con CD’s de edición software y toda una suerte de variedad en lo que a cogollos resinosos –cuyo aroma oscila sobre una rara combinación de metal y madera- respecta. Si eres uno de esos consumidores esporádicos o nóveles o eres nuevo en la ciudad o eres turista o no sabes de qué va el asunto, puedes localizar fácilmente a los niños-rata en el Paseo Central, entre los callejones de la zona monumental y también debajo del antiguo Puente Romano. Se pueden considerar estos puntos geográficos como la base piramidal del monstruo retroalimentativo de la droga. La plebe. El populacho. La suciedad barriobajera. Si subes de escalón y te sitúas en un perímetro que delimita con lo peor y lo mejor, con lo cualitativamente exquisito y lo esencialmente repugnante, evidentemente estarás dentro del campo de operaciones de vendedores intermediarios, gente que únicamente compra la sustancia orgánica y raras veces comercia con la software. La clase media. El pilar que sustenta la pirámide. La masa. Nobles que compran grandes cantidades al por mayor y que poco a poco, a medida que se acerca el verano y va desapareciendo la oferta, encarecen el valor del producto. Aquí todo el mundo sabe que los intermediarios nunca tienen un punto fijo de residencia y que tienes que llamarles al móvil para ubicar las coordenadas de su posición. En la cúspide, rozando el vértice, quedan los productores. La realeza. El poderío. La alta cuna. Reyes feudales cuyos traseros se acomodan en los tronos de laboratorios clandestinos, de cultivos interiores asfixiantes y con luces de más de seiscientos vatios de potencia, así como ordenadores conectados por un cableado compuesto a base de plástico y raíces orgánicas. Cualquier consumidor que sepa distinguir entre un glitch de primera y uno de tercera, entre cogollos turquesas adamantinos y alfalfa seca y mustia, conoce de primera mano la ley según la cual todo sistema social queda supeditado al control de escasos representantes. No hay que ser muy espabilado para entender que, como en una especie de reparto jerárquico y platónico, son pocos los que cumplen con el papel de rey, escasos los destinados a nacer bajo el sello de productores. Esto, para el sujeto consumidor estándar, no representa otra cosa que: poco material de buena calidad disponible para el reino. Doc. Dude, el encargado de dirigir la empresa de producción artesanal de la zona del río, sabe de lo que estoy hablando. Cultiva una mierda que entra, sin discusión posible, en el top ten de los mejores platos fumables y audibles. Hace seis años que salió de la cárcel por acumular kilos y kilos en una caravana estacionada en mitad del desierto de Atacama. Estar al servicio de hombres sosegados pero incómodamente peligrosos ha hecho de Doc. Dude un tipo cuya habilidad para solucionar problemas internos dentro del grupo signifique validez y fuente de garantía de altos porcentajes de conformidad colectiva. Después de haberse rascado la patilla derecha y chupar la entrada USB de un cable que le cuelga de una de sus dos rastas, ha dictado las siguientes dos sentencias: 1) que Roca y Billy el Corsario zarparán al amanecer con el patinete acuático de dos plazas para saquear y violar todo lo que encuentren a su paso. La prescripción tácita o quintaesencia a seguir es, pase lo que pase, regresar sí o sí. El resto de la letra pequeña de la cláusula dice que tienen que volver antes de dos días, que todo lo que encuentren pertenecerá a la comunidad y que la prioridad de objetos a robar son: provisión de birra, calimocho y LSD, auriculares-electrodos y paquete de CD’s vírgenes. Pueden joder cuantas mujeres u hombres deseen. 2) que Lucio Costado, al haber asegurado que no mantenía otra relación con el individuo extranjero ejecutado que la de la mera aleatoriedad producida cuando dos sujetos X se encuentran en mitad de un camino, puede decidir entre vivir en paz y armonía y felicidad y conspiración con ellos o morir ahogado por exceso de agua en el cuerpo. Aparte de no querer compartir el destino de Steam Van Humboldt, Lucio Costado ansía recuperar el difunto cuerpo de su disco duro. No sabemos si puede en el corazón de este no-lugar, pero de hacerlo, únicamente pensaría en encontrarlo y abrazarlo contra su pecho, como una madre alucinada que desentierra el cuerpo de su hijo y lo abraza y se mancha de tierra. Este fervoroso dolor y deseo ha hecho que Lucio Costado sea aceptado como parte de la manada. Tendrá lugar un festín en el que se desatará la realización de varios rituales arquetípicos posmodernos, en el que se bailará con la mano abierta puesta encima de la cabeza y moviendo el cuerpo de a delante y hacia atrás, en el que la música, los auriculares-electrodos, las frecuencias solfeggio, el humo de los cigarros sustanciados y demás aditivos jugarán un papel crucial en la configuración de un estado extático con extra de todo en la cabeza de cada uno de los asistentes. Que precisamente dicho colocón, una vez que degenere en los primeros rayos del Sol, vendrá a ser como la carta guardada debajo de la manga de Lucio Costado, ya que entrará al tipi y verá los restos de la fiesta, la gente tirada en el suelo, algunos todavía alucinando y chupando USB y escuchando uno de los mejores temas musicales que se producirán en la historia del glitch y entonces, siendo todo esto premeditado, husmeará entre todo el equipo para ver si ha sido su nueva familia desestructurada la responsable de haber desenterrado, reparado y reutilizado el cuerpo frankesteniano de su disco duro. Lo raro de esta historia se manifestará en el momento en que un L.C. intranquilo, chasqueado tras haber movido cielo y tierra y no haber dado con lo que quería dar, decida desconectar el disco duro de la comunidad de indios-punks así como el equipo de música. Sí. Lucio Costado, como uno de esos adictos que han perdido el norte de sus decisiones más cabales, robará el disco duro   –que no es el suyo- de sus nuevos colegas y saldrá corriendo, perseguido por zombis. Cuerpos sin vida en el suelo reaccionarán como muertos vivientes a los que se les acaba de robar el último avituallamiento de comida-cerebro y perseguirán lentamente a Lucio Costado, el cual, en un ataque de histeria y desesperación, emprenderá una huida por los alrededores del campamento-tipi. Llegará a verse acorralado entre indios-punks-zombis y agua y más agua. O morir por mordiscos de mutantes o morir arrastrado por la corriente, ese será el último pensamiento de Lucio y, sin poder pensárselo siquiera una vez, meterá los pies en la orilla para cruzar el río nadando. Lo verdaderamente extraño de esta historia podrá apreciarse cuando nuestro protagonista crea que se va ahogar en un intento dubitativo por arrojarse al cauce, intento en el que experimente que el nivel del mismo únicamente cubre hasta las rodillas. ¡Putos colgados!, gritará Lucio. Los indios-zombis-punks verán a Jesucristo caminar por encima de las aguas y, parecido a un pueblo que acaba de encontrar a una especie de mesías desilusionado, le seguirán con los ojos rojos y cerrados, hundiéndose –como por una camisa de fuerza o una violación o un abrazo de Poseidón- y flotando entre espasmos, gritos y llamadas de socorro, tal y como lo hizo horas atrás el estudiante de erasmus Steam Van Humboldt. Muertos. Ahogados.            





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